19 de diciembre de 2012

Bertrand Russell / Realidad y ficción



       «Es común en la juventud, yo me imagino, sentir en rápida sucesión cierto número de actitudes distintas hacia la vida y el mundo, y sentirlas sucesivamente con tanta fuerza como si no tuvieran competidoras. Yo amé la belleza de fantasía que hallé en Shelley; gocé con los ardientes revolucionarios retratados por Turgueniev; y me emocioné con los audaces viajes de aventuras que constituían el tema de las obras de teatro de Ibsen. Todas estas cosas, cada cual a su manera, daban satisfacción a los humores más optimistas; pero yo tenía otros humores para los que literaturas completamente distintas encontraban expresión: los humores de desesperación, de repugnancia, de odio y de menosprecio. Nunca di mi aprobación cordialmente a estos humores, pero me alegraba encontrar en la literatura algo que pareciese justificarlos.

       Leí muchísimo durante mi adolescencia las obras de Caryle. Sus enseñanzas positivas me parecieron absurdas, pero me encantaban sus virulentas acusaciones. Me divirtió verle describir a la población de Inglaterra como compuesta “de veintisiete millones, la mayoría chalados”. Me sentí deleitado por esta observación: “Figúrate que merecieras ser ahorcado (cosa muy probable) y sentirás una felicidad en que solo te fusilen”. Pero acabé por convencerme de que su actitud ante la vida era displicente, más bien que trágica. No fue en sus escritos donde encontré plena satisfacción de mis negros humores, sino en El rey Lear.»  

Bertrand Russell, “Libros que influyeron en mí durante mi juventud”, en Realidad y ficción

No hay comentarios:

Publicar un comentario